Mostró la hilacha. No se pudo contener.Aguantó apenas dieciséis meses.
Quiere controlar los medios.
Abolir la libertad de prensa.
Condicionar a los periodistas.
Atenta contra la democracia y la información.
Intenta imponer la verdad oficial.
Es verdad.
Lo leímos en los diarios.
Lo escuchamos en las radios.
Lo vimos en la televisión.
Por suerte la sociedad reaccionó.
De derecha, centro e izquierda…
Le salieron al cruce.
Nosotros no podíamos ser menos.
Sino capaz que nos acusan de alcahuetes.
Ya está, cumplimos con lo políticamente correcto.
Ahora vamos a decir lo que pensamos.
Una vez más se arma una tormenta en un vaso de agua.
Que al presidente no le gustan las críticas está claro.
¿A quién le gustan? ¿Sanguinetti? ¿Lacalle? ¿Batlle?
La diferencia radica en que Tabaré lo dice públicamente.
Y claro, se mete con el poder que salta como pelota.
Y saltan también algunos nabos y los clásicos arribistas.
Pero no tapemos el sol con un dedo.
Los medios masivos tienen dueños.
Los dueños tienen intereses.
Los intereses tienen identificación ideológica.
La ideología no implica definición partidaria.
Pero tiene carácter de clase, estamento o grupo social.
Dicho claramente, toma postura.
Mas allá de las buenas intenciones de los periodistas.
Todos sabemos que la objetividad no existe, ¿verdad?
¿No será hora de debatir sobre los medios de comunicación?
¿Cuáles son sus funciones, sus objetivos?
En una cosa Tabaré se equivoca.
La que pone la agenda es la sociedad, no el gobierno.
La prensa es parte indisoluble del entramado social.
Ergo, la prensa también marca la agenda.
No está mal. Es correcto y democrático.
Lo que sí esta mal es creer que la prensa no es criticable.
Que es impoluta, aséptica o imparcial. Son versos.
Otra cosa.
La culpa es del mensaje no del mensajero.
Y el gobierno en ese campo tiene un debe muy grande.
O no se comunica o lo hace muy mal.
Tiene que aprender mucho todavía.
Y esto no se soluciona formando comisiones.



