jueves, 3 de mayo de 2007

Rompiendo códigos

La necesidad de la reforma del Estado es indiscutible.
Todos lo dicen y lo plantean.
De todos los pelos y señales, políticas y filosóficas.
Todos quieren cambiar.
Pero todos le dan diferente significado.
Para nosotros implica un cambio cultural profundo.
Que va mucho más allá de eficacia o eficiencia.
Que va mucho más allá de inamovilidades o despidos.
Que va mucho más allá de carreras funcionales o salarios.
En la izquierda tenemos un problema con la autoridad.
Años, décadas, siglos de opresión nos hacen desconfiados.
Lo que es peor aún, nos inhibe de ejercerla.
Esa ambivalencia ideológica que nos dificulta decidir.
No es fácil decir no y sin embargo es necesario.
No se trata de que nos cambiamos de bando.
No significa que traicionamos los principios.
No implica que acomodamos el cuerpo.
Acá esta en juego el interés de la mayoría.
Necesariamente vamos a tocar intereses sectoriales.
Muchos de ellos con credenciales frentistas.
Con trayectoria e historia de izquierda.
Pero defendiendo posturas corporativas.
En nuestra acción debe pesar la defensa de los más.
Aunque los "menos" que se enfrenten sean compañeros.
Así se llamen Adeom, Fucvam, SMU o Fogoneros.
El cambio cultural es indispensable y prioritario en la interna.
No puede correr más la gauchada entre "compañeros"
Evadiendo impuestos, evitando concursos u otorgando prebendas.
La transparencia es vital y la trayectoria no otorga impunidad.
El chorro, el avivado o el ventajero no es compañero.
Por más militancia que demuestre.
El cambio no es sencillo y genera resistencias.
De adentro y de afuera.
Ser radical es fácil si el patrón es de izquierda.
Ser extremista es una papa si el gobierno tolera.
La sociedad como los hijos necesita límites.
El evitar males mayores no implica tolerar el relajo.
¿Seremos capaces de enfrentar lo que viene?
Porque se trata de tenerlos bien puestos.

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